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viernes, 4 de febrero de 2011

¡Derribad las barreras del miedo!


¡Derribad las barreras de la superficialidad y del miedo! Conversad con Jesús en la oración y en la escucha de su palabra. Gustad la alegría de la reconciliación en el sacramento de la penitencia. Recibid su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía, para acogerlo y servirlo después en vuestros hermanos. No cedáis a los atractivos y a los fáciles espejismos del mundo, que muy a menudo se transforman en trágicas desilusiones.

Ya sabéis que en los momentos difíciles, en los momentos de la prueba, se mide la calidad de las opciones. No existen atajos hacia la felicidad y la luz. Sólo de Jesús se pueden recibir respuestas que no engañan ni defraudan.

jueves, 27 de agosto de 2009

El amor de Cristo nos apremia


Cristo llama a cada bautizado a ser su apóstol en el propio ambiente de vida y en todo el mundo: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20,21).

Cristo, a través de su Iglesia, os confía la misión fundamental de comunicar a los demás el don de la salvación y os invita a participar en la construcción de su Reino. Os elige a pesar de los límites que cada uno tiene, porque os ama y cree en vosotros. Este amor de Cristo, incondicional, debe ser el alma de vuestro apostolado, según las palabras de san Pablo: "el amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14).

Ser discípulos de Cristo no es algo privado. Al contrario, el don de la fe hay que compartirlo con los demás. Por eso, el mismo Apóstol escribe: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16). No olvidéis, además, que la fe se fortalece y crece cuando se comunica a los demás (cf. Redemptoris missio, 2).

MENSAJE DE JUAN PABLO II PARA LA VII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

sábado, 15 de agosto de 2009

¡Jóvenes, os animo a descubrir la Iglesia!


Con ocasión de esta V Jornada Mundial de la juventud, deseo invitaros a todos a un redescubrimiento de la Iglesia y de vuestra misión en ella, como jóvenes.

La Iglesia de Cristo es una realidad atractiva y maravillosa. Es antigua, porque tiene casi dos mil años, pero al mismo tiempo, gracias al Espíritu Santo que la anima, es eternamente joven.

La Iglesia es joven porque su mensaje de salvación es siempre actual. Es por esto que existe un diálogo muy importante entre la Iglesia y los jóvenes:

«La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes, los jóvenes tienen tantas cosas que decir a la Iglesia. Este reciproco dialogo, –que se ha de llevar a cabo con gran cordialidad, claridad y valentía–... será fuente de riqueza y de juventud para la Iglesia...».